La decisión

Estaba acostumbrado vivir situaciones límites, de hecho, esta era otra, pero no otra más, esta era, solo suya y de nadie más y estaba a punto de afrontarla.
Aquella tarde de verano me lo encontré paseando como de costumbre por la sombra de los álamos de la ribera del río, no tenia buen aspecto, aunque los ademanes al andar eran tan joviales como siempre, sus ojos transmitían tristeza y yo diría que habían llorado poco antes de cruzarse conmigo. Me miró, y antes de iniciar ese saludo campechano habitual, negaba con la cabeza en un gesto de desanimo.

Marchó al frente casi recién casado y con una niña de apenas dos años, aquella larga guerra entre españoles duró tres largos años, pero ni su mujer ni su hija supieron nada de él hasta cinco años después.
Folios de apuntes manuscritos se amontonaban por la gran mesa de tablero negro que por aquel entonces había en el comedor de la casa de mis padres que también era la mía, algunos lápices y un bolígrafo rojo para subrayar, puede que llevara allí sentado desde la cuatro de la tarde y no recuerdo bien si los apuntes eran de Química o de Biología, era mi último año de magisterio y había tenido que pedir una prórroga para no irme a la mili y así poder acabar la carrera.
A veces tengo muchas dudas de si yo podría ser un buen español, o como dicen otros, aunque no se si es lo mismo, un español como Dios manda, que tampoco tengo claro lo que quiere decir, sea lo que sea eso de ser buen español debería ser lo mismo que si nos referimos a ser buen francés en Francia o un buen portugués en Portugal que tampoco lo sé.
Hoy me he vuelto encontrar con él, le he notado en la cara el paso de tiempo, puede que en lo tres últimos años solo lo haya visto un par de veces y en una persona de más de ochenta años eso se nota. Al verlo me han venido a la cabeza sus historias que el mismo contaba con todo lujo de detalles y parsimonia, las pocas veces que el resto de amigos le daba la palabra, porque se sabía que si la cogía, no la soltaba.
El famoso buceador italiano, Enzo Mallorca, estaba buceando en el mar caliente de Siracusa y hablaba con su hija Rossana que estaba en el barco.
Todas las tardes, lloviera o tronara, hacía el mismo paseo ayudada con su andador, era su camino habitual en un recorrido a ninguna parte de ida y vuelta, siempre iba sola pero acompañada de una sonrisa amable para todo el que se la cruzara.
Aquel atardecer Isidro no paraba de mirar a esa luna nueva, mientras, sus amigos, todos octogenarios como él, charlaban sobre algún tema intrascendente de los muchos que tocaban, pero él, absorto, miraba y miraba a esa luna cada vez con los ojos mas de par en par, al tiempo que se rascaba las sienes con una mano como querido encontrar una respuesta.
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